Imparable (Marcos 7, 31-37): breve comentario sobre el Evangelio del domingo 8 de septiembre de 2024.
Cuando el Señor habla al corazón de una
persona, su palabra poderosa se convierte en nosotros en una fuerza imparable,
que ni nuestras cobardías, ni nuestros pecados, ni las censuras o prohibiciones
pueden acallar. Los profetas son testigos de esta experiencia. Estamos hechos
para la verdad y para el bien, y cuando los encontramos en profundidad qué
difícilmente los dejamos de lado.
Quizás me diréis que la experiencia es
la contraria; que muchas personas que han vivido momentos de encuentro con el
Señor, después, han seguido o recaído en la injusticia y la mentira... En
ellos, la palabra está aletargada, como la semilla que en la tierra está
esperando para dar fruto. Así le ocurrió a Moisés que estuvo años y años
pastoreando antes de reconocer aquella zarza que ardía sin consumirse y que le
habló del sufrimiento de su pueblo y de la voluntad de Dios de salvarlos. Pero
la Palabra allí estaba y germinó y dio fruto.
Este domingo celebramos la natividad de María de Nazaret. En ella la Palabra fue acogida y dio fruto sin tardanza, sin dilación, sin falsas prudencias. Ojalá nos sirva de ejemplo María para no retardar una respuesta plena a nuestra vocación. Cuando así lo hagamos, viviremos reconciliados con nosotros mismos, humildemente orgullosos de vivir conforme a la misión que nos han encargado.