6 de mayo de 2017

50 años. Jesucristo en nuestro barrio (Parte I)

Un saludo a todos. Queremos celebrar estos primeros cincuenta años de nuestra parroquia con toda la feligresía compartiendo la Palabra y la Vida. Por eso en este sencillo cuadernillo que hacemos por este motivo unos feligreses comparten con vosotros su vida de fe, tal y como la están viviendo en la parroquia, y yo os comento algunos aspectos fundamentales de la fe cristiana. Esperamos que nos sirvan a todos de estímulo en la fe y de reflexión.

Aprovecho para invitaros a participar en la parroquia en los grupos de formación y de evangelización, a todas las celebraciones comunitarias que tenemos. Jalonar nuestra vida con la presencia del Señor nos llena el corazón de paz y de deseos de bondad. Y eso a todos nos hace falta.

Jesús de Nazaret es el Señor
Para comenzar quisiera proponeros una pequeña meditación de la fe en Jesucristo. Es lo mejor que podemos ofreceros desde la parroquia. La fe es un don tan grande que quien lo recibe nunca se encuentra sólo, perdido o abandonado, porque experimenta que, en el dolor o la alegría, Jesús lo acompaña siempre.

Mirad qué palabras tan hermosas y verdaderas del Papa Francisco:

“Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor” (Evangelii gaudium, nº 3).

Cuando los discípulos de Cristo se encontraron con Él, y Él los llamó, pensaron que era simplemente un profeta, un hombre de Dios como otros. Pero inmediatamente captaron que la profundidad de su vida era distinta a la de cualquiera; y esa experiencia fue afianzándose con cada palabra y cada gesto del Profeta de Nazaret. Él les había dicho que era hijo de Dios, pero ellos pensaban que lo era como cualquiera de nosotros; quizás pensaban que sólo era un “hijo más fiel”. Fue después de su muerte y su resurrección cuando los discípulos descubrieron la verdadera dimensión de esas palabras. Ellos descubrieron que Jesús de Nazaret era el Hijo Único de Dios, que se había hecho hombre; y que en Él, en su mensaje, en su perdón, en su mirada, en su vida, todos sin excepción podemos acogernos al inmenso amor del Padre.

Los textos del Evangelio sobre Juan Bautista, el querido Patrón de nuestro pueblo, lo manifiestan con toda claridad: Juan era un Profeta, Jesucristo es el Salvador; Juan enseñó con sus palabras y su testimonio, Jesucristo nos entrega su vida y nos hace vivir de una manera nueva al acogernos y dejarse encontrar por nosotros. Juan preparaba el camino para que nosotros pudiéramos encontrarnos con Jesucristo como el fuego que nos purifica y nos da el calor de la vida (Juan 1,29-34).

Hemos de pedir que nunca caigamos en la tentación de reducir a Jesucristo, ni su mensaje, ni a su ejemplo. El cristianismo no es sólo una doctrina, ni sólo una forma de vivir con bondad, ni seguir fielmente unos ritos. Ser cristiano es vivir en el encuentro con Jesús, nada compromete más, nada puede traernos más consuelo, nada puede darnos más plenitud.

TESTIMONIO DE UN JOVEN DE LA PARROQUIA
Juan Manuel Parrales (Nano)
Inicié mi vida parroquial a través de la Hermandad Sacramental, cuando ésta se unificó con la Asociación El Costal, a la que yo pertenecía. Fue en 2014 cuando entré en su junta de gobierno ejerciendo el cargo de secretario segundo.
Hasta entonces no participaba en las actividades como tampoco en los cultos que esta realizaba. Era creyente pero no iba a la Iglesia, únicamente cuando tenía que salir como costalero. Tenía el pensamiento que cualquiera podría tener de esta, y no pensaba o no creía, que el hecho de asistir a misa o formarme en catequesis me pudiera aportar nada nuevo. Poco a poco fui conociendo mi parroquia y la vida que en esta se desarrollaba, y poco a poco fui conociendo a quien creía que ya conocía, a Cristo.

Fue en confirmación, que recuerdo con mucho cariño al igual que a mis catequistas Juan Antonio Camacho y Esperanza Ripodas, la que supuso un cambio radical en mi forma de pensar y de vivir. Una forma de vivir y de pensar cristiana, acorde a lo que creía entonces sin saber muy bien por qué. Incido en que creía conocer la Iglesia, creía conocer a Cristo, como los misterios de la Fe que compartimos todos los cristianos. Pero no fue hasta entonces cuando fui consciente de mi fe y de las responsabilidades que ésta traía consigo, de la alegría que el Evangelio me regalaba como hijo de Dios y de esa otra dimensión que existe en el amor cuando proviene de Él.

Hoy sigo formándome como cristiano, mucho más desde que me propusieron ser catequista. Para seguir conociendo a Cristo y darlo a conocer a los niños que se acercan por primera vez a la comunión. Y tengo más presente la necesidad de la oración y de acercarme al Sagrario. He encontrado en la Parroquia una gran familia a medida que crecían mis responsabilidades en ésta; como secretario en la Hermandad Sacramental, en la Hermandad del Rocío como hermano, en la Hermandad de los Ángeles como costalero. Y he conocido a personas que poco a poco se han ido convirtiendo en buenos amigos.

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