6 de mayo de 2017

Co-versación (Lucas 24, 13-35)

Las apariciones del Resucitado siempre serán un misterio. Los que van a ser testigos de la fe se ven sorprendidos por una experiencia que los sobrepasa y deja en su espíritu una certidumbre de la que ya nada los podrá hacer dudar. El resucitado siempre “aprovecha” una pequeña rendija de esperanza en el alma de aquellos que se veían ahogados en el dolor profundo. Aunque estaban desesperados, van corriendo ante la extraña noticia del sepulcro vacío; aunque tenían miedo, permanecían todos juntos en comunidad; aunque huían de Jerusalén no pueden dejar de conversar y discutir buscando un sentido a lo que era el más grande de los absurdos.

Dos discípulos iban de Jerusalén a Emaús. Parece que huyendo de la peligrosa situación que se había creado para los seguidores del Nazareno después de su muerte cruenta. Caminan, conversan y discuten de todo aquello: de si podían haber sido de otro modo las cosas, de si ellos podían haber actuado de otra manera; de por qué Jesús no había actuado de otra forma… El convidado oculto a toda conversación sincera es la verdad. Una verdad que muchas veces trasciende lo que dicen los que dialogan, pero que hace posible sus razones, que justifica sus sentimientos.



Ensimismados en nuestros pensamientos no es raro que nos torturemos siempre con la misma idea. El diálogo, incluso la discusión –si no es exclusivamente autodefensiva- nos abre a la verdad. El texto de los discípulos de Emaús, que escucharemos el próximo domingo nos invita a conversar de las cosas importantes de nuestra vida con las personas con las que convivimos. Convivir, conversar… paradójicamente lo único que hacemos en estricta decisión personal es amar.

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