14 de mayo de 2017

Con Cristo, por Él y en Él (Juan 14, 1-12)


Cristo sin el Padre; Dios sin Jesucristo. Estas han sido, y son, las dos tentaciones más grandes de la espiritualidad cristiana. Hay cristianos que buscan la experiencia oceánica y de inmensidad que Dios pone en el centro de nuestro corazón, pero que se sienten ajenos a las exigencias radicales de Jesús de Nazaret en el Sermón de la Montaña, o que no pueden abrirse a la muerte y resurrección de Cristo como camino verdadero de salvación. Piensan que Dios es un absoluto incomprensible e inabarcable por el que hay que dejarse abrazar. El camino que Jesús marca, piensan, es sólo un camino más.

Otros, ven a Jesús como un profeta del amor y la libertad; como el inspirador de su compromiso; incluso, en su juventud lo veían como un amigo trascendente en quien confiarse plenamente. Pero con la madurez el corazón se encallece y los sentimientos religiosos se disipan. Jesús ya es sólo un referente moral en su vida; y su propuesta moral algo inalcanzable, que está bien como horizonte utópico al que mirar, siendo consciente de que la realidad cotidiana hay que vivirla con valores y actitudes más mundanas.

No te engañes. Buscar a Dios al margen de Jesucristo lleva a buscar un consuelo afectivo que deja insatisfecho nuestro corazón, siempre buscador de verdad. Querer creer en Cristo sin confiar en Él como nuestro Dios y Señor, es ir reduciéndolo al mero ejemplo de su vida; un ejemplo que por excelso y sublime nos lleva a la melancolía de la frustración.


“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” –dice el Señor-. Si crees esto, vivirás.

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